Aquella noche desperté de madrugada, desnuda y exhaltada.
Intenté en vano recordar lo que había pasado y sentí como si se me hubiese perdido en la realidad, algo que había soñado.
Sentí una imperiosa necesidad de mirarme y al levantar la vista frente al espejo, el asombro alentó el miedo al no encontrar mi reflejo. Me frote los ojos y parpadeé una y otra y otra vez pero no me conseguía ver.
Llegando casi a desesperar, llevé las manos temblorosas hacia mí, palpándome la cara y el pecho, con intransigencia y sentir, echando en falta algo. No entendía que estaba pasando y con prisa, salí a la calle a buscarlo. Caminé y caminé descalza bajo la lluvia buscándome en cada cristal y en cada charco que encontraba a mi paso.
Era una noche sin luna, tan lóbrega, que ni yo misma conseguía definir mis contornos. Exahusta de buscar sin lograr, distinguirme de sombras borrosas que parecian encajar con mi perfil, pero al ponerme frente a ellas, su silueta no coincidia con la mia, decidí regresar a casa sin él.
Supuse que al salir el sol, con más claridad, al mirarme de nuevo al espejo me daría cuenta de que todo fue un sueño.
Desde de ese día, las mañanas son tan deslumbrantes...tan cegadoras, que no encuentro aquello que perdí, aquél reflejo de mí.
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