El viento acaricia cada poro de mi piel,
avivándola de un letargo de sol y agua salina.
Entre filamentos de clorofilas,
inicio un despertar en el que
el cielo se siente más cerca
y las nubes casi se tocan.
Breves parpadeos me llevan
a mundos donde cada día,
la roca se deja morir poco a poco
con el desdén del agua y del viento,
ese desdén que afila sus formas
y redondea sus cuerpos.
Profundo suspiro el que me retorna a la realidad,
mas seguiré caminando, no me canso,
entre acantilados y desiertos,
con los ojos clavados en el horizonte,
aliada con mis dos infinitos compañeros,
que me dan el día y la noche,
con esos con los que despierto y sueño,
que apenas se reconocen
y que iluminan el cielo.
Más allá de los miedos,
más allá del silencio.
Donde deambulan,
las almas sin dueño.
en ese lugar...en el que somos viento.
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