Bajo el inmenso cielo estrellado desde una azotea cualquiera de Madrid, clavaste tus profundos ojos en ella, desnudando sus más inocentes deseos... Sin dejarla tomar aliento, bruscamente, te apropiaste de un cuerpo vacío que pedía a gritos silenciosos un cariño evidente... Sobre tus fuertes piernas la dejaste reposar un instante sin apartar esa fogosa mirada para después retomar esa pasión que os envolvía en una noche tan única y especial como lo fue aquella... Tras cesar la oscuridad, el amanecer brotó sutilmente, sin daros cuenta del tiempo sucedido...De repente ella despertó entre tus brazos, ignorando el paso de las horas, dedicó el tiempo que la quedaba a contemplar tu cuerpo desnudo mientras aprovechabas los últimos instantes de sueño perdido. Cuando tus sentidos retornaron la realidad, el sol cegaba tus ojos y le dedicaste esa bella sonrisa.
de Soraya Barbero, el miércoles, 22 de octubre de 2008 a las 14:04
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